leyenda del sisimique y sisimicon en nicaragua

Leyenda de el Sisimique y el Sisimicón en las Sombras

En las profundidades de la oscuridad, cuando el sol cede su lugar al manto tenebroso de la noche, un escalofrío ancestral recorre los corazones de aquellos que habitan en las tierras enigmáticas donde la realidad y la superstición se entrelazan.

En las leyendas susurradas en los rincones más oscuros de la región nicaragüense, se narran encuentros aterradores con seres que desafían toda lógica y acechan en la penumbra. Entre estas sombras moran el Sisimique y el Sisimicón, dos figuras diabólicas que han sembrado el terror en las almas de las jóvenes solteras.

El Sisimique y el Sisimicón

El Sisimicón es un enorme animal con cara de hombre, ojos rojos como las llamas y una cola muy larga, que siempre aparece junto al Sisimique, compartiendo sus mismas costumbres y mismas características físicas. Ademas que aparecen en las zonas de los departamentos de Matagalpa y Jinotega.

Los relatos cuentan que estos seres horripilantes, con semblantes que retorcían las facciones humanas en una grotesca mofa, emergían de las sombras al caer el crepúsculo. Con ojos encendidos como brasas infernales y colas serpentinas que parecían no tener fin, el Sisimique y el Sisimicón surcaban la oscuridad en busca de sus presas. Sus apariciones siniestras solían tener lugar en las inmediaciones de los ríos, donde sus siluetas imponentes se reflejaban en las aguas turbias.

Sin embargo, no eran todos quienes podían verlos. Eran las jóvenes, las damiselas solteras, quienes caían bajo la lúgubre mirada de estos seres con rostros de pesadilla.

Se decía que si una de estas chicas sentía una atracción irresistible hacia ellos, su destino quedaba sellado. Los Sisimique y el Sisimicón, ansiosos por satisfacer su insaciable apetito, las envolvían con sus colas retorcidas y las arrastraban a un abismo de oscuridad del cual nadie regresaba.

Las historias macabras continuaban al describir cómo estos seres malévolos seguían un camino insidioso hacia las moradas de sus víctimas. A lo largo de ese camino, llamaban a las jóvenes cuyo corazón latía con el deseo de coquetear con los hombres. Los gritos y los gruñidos que resonaban en el aire eran tan inhumanos que resultaba imposible para cualquier ser humano imitarlos. El aura de miedo y desconcierto que rodeaba a estas figuras grotescas se extendía más allá de lo imaginable.

Se decía que para mantener alejados a los Sisimique y el Sisimicón, era esencial guardar silencio absoluto. Los ruidos y las risas eran su debilidad, una debilidad que no dudaban en explotar. Las risas melodiosas de las mujeres eran un festín para estos seres demoníacos, y se rumoreaba que se sentían irresistiblemente atraídos por ellas. Así, la quietud se convertía en el último refugio de aquellos que deseaban evitar un encuentro con estas criaturas infernales.

Los relatos cuentan de varias jóvenes que desaparecieron en circunstancias misteriosas, presa de su imprudencia y sus coqueteos. El Sisimique y el Sisimicón conocían a sus presas, sabían quiénes eran las que dejaban que sus miradas coquetas se posaran en los hombres con ligereza. Las muchachas bandidas, cuya audacia no conocía límites, eran las más vulnerables ante estos depredadores de la oscuridad.

Así, en los rincones más oscuros de la noche, donde los miedos más profundos y las supersticiones más antiguas se entrelazan, el Sisimique y el Sisimicón siguen siendo una advertencia siniestra para las jóvenes solteras. Su aterrador legado perdura como una sombra que se alarga con el ocaso, recordando a todos que incluso en la oscuridad más profunda, hay secretos que es mejor no descubrir y criaturas que es mejor no atraer.

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